Por Manuel Barceló *
Introducción
La homosexualidad es una inclinación del instinto sexual incongruente con la naturaleza de la especie humana, el instinto de conservación y el acceso al amor de benevolencia. En algunos ambientes se ha trivializado, dentro del proceso general de liberalización sexual con ribetes naturalistas, para convertirlo en una opción más o expresión alternativa de la afectividad entre dos personas del mismo sexo. Según el diccionario de la R.A.E., "es la inclinación hacia la relación erótica con individuos del mismo sexo". La acepción erótica también está muy bien definida en el mismo diccionario: "atracción muy intensa, semejante a la sexual, que se siente hacia el poder, el dinero, la fama, etc.". Y el término erotismo queda definido como amor sensual. Por tanto, resulta evidente que la homosexualidad, sin referencias personales a nadie, es una inclinación aposentada con más o menos firmeza en la sensualidad -propensión excesiva a los placeres de los sentidos o doctrina que pone exclusivamente en los sentidos el origen de las ideas-.
Las personas homosexuales
El Documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicado
en su primera edición en el año 1995 y titulado en su versión
original como Cura pastorale delle persone omosessuali, contiene un comentario
de Bonifacio Honings O.C.D. -Una carta a favor de la persona-, que establece
los principios insoslayables con los que la Iglesia Católica aborda este
controvertido tema: "Ciertamente, todos los que viven en esta tierra tienen
problemas y dificultades personales de diverso tipo, que entorpecen en mayor
o menor grado una vida concorde con las exigencias humanas, morales y espirituales
de su dignidad de persona. Sin embargo, es igualmente cierto que todas las personas
tienen diversas oportunidades de crecimiento, recursos, talentos y dones propios.
El hombre, en efecto, es capaz de conocer y amar al propio Creador y ha sido
constituido sobre todas las criaturas terrenas como señor de ellas, para
gobernarlas y servirse para gloria de Dios (Cfr Gaudiun et spes, 12). Lo mismo
vale para la persona homosexual, por lo que la Carta de la Congregación
deplora con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía
objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas. Tales comportamientos
merecen la condena de los pastores de la Iglesia, dondequiera que se verifiquen.
Revelan una falta de respeto por los demás, que lesiona unos principios
elementales sobre los que se basa una sana convivencia civil. La dignidad propia
de toda persona debe ser respetada en las palabras, en las acciones y en las
legislaciones (n. 10)".
La alta complejidad de los sentimientos humanos pueden favorecer estas actitudes,
como otras anomalías relacionadas con la actividad sexual de muchos individuos.
En todo caso si la naturaleza lo promoviese como un objetivo deseable de comportamiento
humano hace siglos que el hombre hubiera desaparecido de la faz de la tierra
y el planeta estaría poblado por los simios y los insectos -la especie
más resistente en la escala zoológica-. Por tanto, la homosexualidad
como otros comportamientos sexuales que anegan las fuentes de la vida son naturalistas
sólo en el plano literario, pero profundamente antinaturalistas en el
ámbito del respeto a la naturaleza humana y a su preservación
a lo largo de los siglos.
El naturalismo es determinista en su carácter y experimental en el método,
pero se equivoca en el momento en que renuncia a la filosofía, a la ética
y a la moral cuando se pregunta el por qué de la existencia del hombre;
y además porque va dejando muchos cadáveres en el camino en su
aparente progreso indiscriminado y acaba dando el salto al utilitarismo -doctrina
filosófica moderna que considera la utilidad como principio de la moral-.
De este modo el hombre se convierte en esclavo del poderoso, generalmente en
forma de un Estado prepotente y autoritario, que decide lo más conveniente
para la colectividad aún a costa de saltarse a la torera la dignidad
humana. Y como del mal nunca se puede derivar un bien, las consecuencias repercuten
en toda la sociedad. Lo trágico de este proceso de deterioro social es
que nadie se siente responsable de esta colaboración con el mal y, por
tanto, la reconversión es una tarea ardua y difícil. A lo largo
de la historia de los pueblos aparecen acontecimientos convulsos y cataclismos
que parecen reconducir los desvaríos anteriores a un altísimo
coste de sufrimiento humano.
Para Jutta Burggraf "el matrimonio es por naturaleza la unión estable
entre un varón y una mujer, abierta a una nueva generación"
. Esta sencilla definición encierra las claves más importantes
de la institución matrimonial, que, a su vez, es la piedra angular de
la familia. El comportamiento homosexual se convierte así en un obstáculo
para la estabilidad de la familia y en un modelo erróneo de expresión
de la sexualidad para las generaciones futuras.
La clave para explicar las complejas relaciones sentimentales que se establecen
entre las personas nos lo aclara la siguiente frase de Haecker: "En el
amor, que es el valor más alto..,(¿) del más alto de los
bienes de este mundo -la persona-, interviene el sentimiento, que a través
del amor manifiesta a la persona" . Los sentimientos tienen rangos y subordinaciones,
pero a veces se sublevan unos frente a otros. Melendo nos aclara aún
más estas complicaciones: "El amor humano genuino se encuentra esencialmente
constituido por un acto de voluntad, y que sin la intervención activa
de ésta en ningún sentido cabría hablar de amor de benevolencia
o amor de amistad entre los hombres" .
La doctrina del Magisterio de la Iglesia
(Revisar la construcción de este párrafo) La postura de la Iglesia
es muy clara al respecto. Desde una explícita argumentación de
respeto hacia la persona, para superar los prejuicios y los perjuicios sufridos
por aquellos que fueron antaño perseguidos y maltratados injustamente
por su conducta homosexual; y en cambio, siendo los detractores más benévolos
en las formas con otras conductas heterosexuales desordenadas -adulterios manifiestos,
promiscuidad y frivolidad de vida-, como si hubiera pecados de primera y segunda
categoría en contra del sexto mandamiento; hasta una postura clara de
reprobación del comportamiento homosexual como opción de vida,
que en nuestros días se refleja en la defensa por parte de algunas autoridades
civiles de las parejas de hecho en igualdad de derechos que el matrimonio de
un hombre y una mujer con intención de fundar una familia, y perpetuar
la especie además de educar a sus hijos a veces en condiciones desfavorables
en comparación con aquellos que se eximen a sí mismos de esta
misión indispensable para una sociedad viva y proyectada al futuro.
En el Catecismo de la Iglesia Católica queda aclarada la equiparación
de los pecados que bloquean e impiden la consecución y el mantenimiento
de la virtud de la castidad: "Entre los pecados gravemente contrarios a
la castidad se deben citar la masturbación, la fornicación, las
actividades pornográficas y las prácticas homosexuales" .
La mayor o menor maldad del pecado y la responsabilidad del pecador evidentemente
dependerá además del daño que origine a terceras personas
en forma de escándalo o en la utilización de sus cuerpos para
la propia satisfacción, ayudados por el engaño y la ingenuidad
de aquellos. Y no hablemos de la gravedad máxima cuando la animalidad
del transgresor se centra en los niños y en los menos dotados intelectualmente
por la naturaleza para poder reaccionar ante estos abusos. La Iglesia siempre
se manifiesta a favor de una defensa de los valores exclusivos de una conducta
sexual abierta a la vida y al compromiso conyugal de fidelidad y exclusividad
amorosa. Un ejemplo claro de esto se refleja en la Familiaris consortio cuando
dice: "En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona -cuerpo,
sentimiento y espíritu- y manifiesta su significado íntimo al
llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor" .
También en el documento Sexualidad humana: verdad y significado del Consejo
Pontificio para la Familia queda patente esta recomendación paternal:
"El ambiente de la familia es, pues, el lugar normal y originario para
la formación de los niños y de los jóvenes en la consolidación
y en el ejercicio de las virtudes de la caridad, de la templanza, de la fortaleza
y, por tanto, de la castidad. Como Iglesia doméstica, la familia es,
en efecto, la escuela más rica de humanidad" .
¿Cuándo se deshumaniza la sociedad?
La sociedad se deshumaniza cuando pierde el sentido de familia tradicional para sustituirlo por una conveniencia personal o de unos cuantos, que buscan resolver sus ansias de ser queridos, apoyados en una sensibilidad desordenada e hipertrofiada de su instinto sexual. Un conocido psicólogo holandés, Van den Aardweg, autor de un libro titulado: La homosexualidad. Terapia de esperanza, aborda esta hipótesis de trabajo que explica en una amplia casuística la cristalización de las conductas homosexuales. Según este autor, en la personalidad de muchos homosexuales existe una tendencia a la autocompasión, que refleja sus conflictos neuróticos. A su vez, en función de la repetición o rumiación neurótica y la resistencia al cambio, se establecen unos hábitos de formación o dependencia a la autocompasión. Por esto, en la personalidad de muchos homosexuales también se detectan rasgos obsesivos, que se centran en ideas parásitas acerca de su inclinación sexual y que terminan provocando una auténtica homosexualidad cuando realizan conductas de comprobación o reciben la influencia de un homosexual o de un grupo de homosexuales más o menos organizados. La terapia que propugna este autor se basa en una búsqueda del autoconocimiento que, en continuo reforzamiento disminuiría la autocompasión y, por tanto, mejoraría la seguridad en sí mismo y la capacidad de establecer relaciones heterosexuales.
¿Por qué invocan motivos físicos, e incluso causas genéticas,
para explicar sus tendencias homosexuales?
Las personas homosexuales necesitan justificar sus conductas bajo la sombra
de una causa biológica, hasta el punto de promover estudios científicos
que encuentren la diferencia genética, anatómica, o al menos neurofisiológica
con respecto a los que no se comportan así. A pesar de estos esfuerzos
no se han encontrado estas posibles causas físicas determinantes de la
conducta homosexual. En cambio, sí que existen datos que indican que
la mayor parte de estas conductas se explican por experiencias precoces anómalas
que después cristalizan en personalidades con atracción sexual
exclusiva hacia su mismo sexo, o incluso en conductas intermedias bisexuales,
o en comportamientos anómalos de la conducta sexual o parafilias. Este
término sigue siendo definido en los diccionarios médicos como
"perversión sexual", del griego para, que se traduce como fuera
de, y phileín, amar. Es como si aquellos que promueven en sus vidas estas
parafilias se quedaran fuera o en la periferia del amor, porque experimentan
sensaciones sin acceder al sentido que tienen cuando se subordinan al amor entre
la mujer y el varón en exclusividad y para siempre.
Un principio básico de las ciencias biológicas que estudian la
genética y la evolución de las especies es la de la selección
del individuo más dotado para procrear y para transmitir las mejores
cualidades de adaptación de su especie. Si la homosexualidad se asentara
en un causa genética, bien en un cromosoma o en genes distintos de varios
cromosomas, hubiera desaparecido como una alternativa de la conducta humana
sexual por su esterilidad e inutilidad en cuanto al aseguramiento del hombre
futuro.
No obstante, la Iglesia como Madre que es de todos sus hijos, incluso de aquellos
que se despistan o son confundidos por otros, se refiere a este asunto con una
prudencia delicada en el Catecismo: "Un número apreciable de hombres
y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición
homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica
prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará,
respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas
están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas,
a unir al sacrificio de la cruz del Señor dificultades que pueden encontrar
a causa de su condición" . Aún aceptando las dificultades
la Iglesia anima a las personas con esta tendencia u otras ambiguas de su sexualidad
a la perfección de su vida interior, como a cualquier otra persona con
tendencias heterosexuales que lucha por alcanzar la virtud de la pureza y de
la castidad según su estado.
En palabras de Choza, esta visión exigente de la sexualidad y, a la vez,
tan garantizadora del éxito y de la felicidad de los que eligen este
camino, se resumiría como sigue: "La experiencia del impulso sexual
se puede entender como experiencia de la potencia creadora de la naturaleza
del ser, en el orden biológico y en el histórico social. Por eso
la actividad sexual se ha considerado siempre como algo sagrado, divino, y el
ejercicio de la sexualidad como un momento en que el poder divino y la fuerza
humana se coimplican. Cuando eso tiene lugar en repetidas ocasiones puede decirse
que la entrega de cada uno al otro ha sido total. Cada uno vive en el cuerpo
y el alma del otro, si se siente seguro del otro, seguro de sí, y seguro
de sí en el otro" .
La patología de la sexualidad en el terreno de las parafilias tiene un
componente cultural importante, lo que induce a pensar que la capacidad que
tienen los hombres de manipular el instinto sexual es muy sofisticada. Probablemente
muchas parafilias han existido siempre, como algunos ejemplos que podemos citar:
el sadomasoquismo -la obtención de placer sexual mediante actos de crueldad
realizados a otra persona y el que goza sexualmente al verse humillado o maltratado
por otra persona-, el voyeurismo -también llamado mirón, que busca
el placer exclusivamente a través de estímulos visuales- , la
zoofilia o bestialismo -anormalidad consistente en buscar gozo sexual con animales-,
la necrofilia -perversión sexual de quien trata de obtener placer erótico
con cadáveres-, el frotteurismo -la búsqueda de placer sexual
mediante contactos físicos aprovechando las aglomeraciones-, el oralismo,
o sexo oral, etc. En cambio, otros formas de parafilia aparecen conforme se
desarrolla la tecnología como algunos de los siguientes: la escatología
verbal, telefónica e informática -la obtención de sensaciones
placenteras sexuales mediante conversaciones telefónicas, los teléfonos
eróticos que tantos disgustos familiares han originado, o las ofertas
eróticas a través de las redes informáticas-, la clismafilia
-obtención de placer sexual mediante enemas-, la urofilia -perversión
sexual en relación con la orina-, la hipoxifilia -hipoxia autoinducida
mientras se experimenta el orgasmo- y la asfixia autoerótica -variante
masoquista de la anterior-; son todas ellas, perversiones sexuales inducidas
por la búsqueda de la novedad sexual en un afán egocéntrico
y manipulador del propio cuerpo y, frecuentemente, del cuerpo de otro, casi
siempre víctima en alquiler o como hoy se denomina en lenguaje de la
calle persona kleenex, de usar y tirar
Incluso hasta llegar a conductas claramente delictivas y denigratorias como
son la pedofilia y la pederastia buscando el placer sexual en niños a
los que se violenta con intimidación, engaño o se les compra con
dinero como es el caso del turismo sexual a países del mundo subdesarrollado
o las redes informáticas que difunden fotografías de niños
y niñas manipulados sexualmente para consumo de personas obsesas y enfermas,
auténticos sexópatas.
¿Existe una influencia mimética o imitativa de estas conductas?
Es indudable que sí. Las conductas sexuales que aparecen en los medios de difusión, sobre todo en los medios audiovisuales, cine y televisión, tienen un alto poder de imitación, como bien saben los publicistas cuando dedican todos sus esfuerzos imaginativos y materiales en relacionar un objeto cualquiera bien sea de vestir o decorativo con una bella mujer en posturas sensuales. Por tanto, los movimientos homosexuales también tienen intereses mediáticos en busca del proselitismo y de ganar adeptos a sus posturas sociales -adopción de hijos, procreación mediante madres de alquiler, equiparación de derechos sociales con las familias, etc.-. Y estos recursos los utilizan con todo el descaro posible como comprobamos en medios de difusión tan poderosos como la televisión. Los creativos de la publicidad diseñan anuncios con imágenes explícitas de personajes que expresan homofilia y modelos de convivencia contrarios a los que siempre han sido propios de la familia tradicional, o mejor dicho de la auténtica familia.
¿Es congruente con la fe católica desenmascarar y denunciar
estas posturas?
Con el mayor respeto a las personas decir las cosas por su nombre es un derecho
y a la vez una obligación de un católico que ama a sus semejantes.
Un ejemplo de esto son las frases que le escribe la escritora Jutta Burggraf
a David, un amigo de la universidad, cuando le hubo revelado su inclinación
homosexual: "¿Por qué, a veces, hay tanta brutalidad, tanto
cinismo en ciertos ambientes homosexuales? ¿Por qué reinan allí,
con frecuencia, unas concepciones nihilistas del mundo, y se practica hasta
el ateísmo militante? En las últimas semanas he dado vueltas sobre
este tema, y no me parece una casualidad que sea así. Mientras que, en
la unión matrimonial, el hombre y la mujer se trascienden en cierto sentido,
por su apertura a una nueva vida, la relación homosexual carece de una
verdadera alteridad y de una auténtica fecundidad. Incluso sobre el plano
psicológico es notorio que corresponde a una fijación o regresión
de toda la sexualidad a un estadio incompleto del desarrollo. Como tal relación
es estéril por naturaleza, tiende a aislar a las personas implicadas,
y encerrarlas en sí. Las lleva a girar en círculo, a menudo en
un clima afectivo tormentoso. Así las personas se centran muchas veces
de un modo excesivo en la sexualidad y la desvinculan de una visión completa
de la vida humana. Apagan su conciencia -"la voz de Dios en nosotros"-
porque sólo cuando niegan la responsabilidad ética y el sentido
trascendente de la vida, pueden satisfacer los placeres enfermizos con tanto
afán. En este contexto se comprende que luche con tanta vehemencia contra
todos los que quieren perturbar esa "tranquilidad" artificial"
.
El Catecismo de la Iglesia Católica mantiene estos principios no negociables
para ningún cristiano, y por supuesto quedan incluidos aquellos que expresan
su heterosexualidad de manera contraria a la Moral: "Las personas homosexuales
están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí
mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad
desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben
acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana" .
También en el documento ya mencionado del Consejo Pontificio para la
Familia se aborda este tema en relación con las etapas de la adolescencia,
momento de importantes riesgos en cuanto a las experiencias de contactos o meros
reconocimientos placenteros dirigidos hacia una persona del mismo sexo, sea
hombre o mujer. En la adolescencia se fraguan las características de
personalidad más relevantes y de mayor repercusión en la vida
adulta: los hobbies, los hábitos sociales, las idealizaciones, las fantasías,
las virtudes humanas y, también. por desgracia, los errores en la elección
del modelo de comportamiento en la vida sexual y afectiva. Muchos jóvenes
se quedan sin desplegar todo su potencial de cualidades humanas por culpa de
un vahído sexual inoportuno. Las recomendaciones al respecto de esta
contingencia por parte del citado documento son oportunas: "La homosexualidad
no debe abordase antes de la adolescencia a no ser que surja algún específico
problema grave en una concreta situación. Este tema ha de ser presentado
en los términos de la castidad, de la salud y de la verdad sobre la sexualidad
humana en su relación con la familia, como enseña la Iglesia"
.
Conclusión
En suma, en palabras del Cardenal Ratzinger contenidas en la Introducción
al Documento sobre "Atención Pastoral a las Personas Homosexuales"
se infiere la auténtica postura del Magisterio de la Iglesia sobre este
asunto, que no es otra que salvaguardar las enseñanzas evangélicas
de Jesucristo. Espero que esta última referencia le sirva al lector para
encontrar su punto de lucha personal sea cual fuese su nivel previo de exigencia:
"Un acto se ha considerado y se considera natural cuando está en
armonía con la esencia del hombre, con su ser tal como ha sido querido
por Dios. A partir de este ser, que resplandece en el orden de la creación
-y que es reforzado por la Revelación-, la razón puede deducir
el imperativo del deber, sobre todo si es iluminada por la fe. En la naturaleza,
o sea, en la creación, el hombre puede reconocer un "Logos",
un sentido y un fin, que lo conduce a la verdadera autorrealización y
a su felicidad y que, en última instancia, está fundado en la
voluntad de Dios.
"En la pérdida de este concepto metafísico de naturaleza,
que va acompañado por un abandono casi total de la teología de
la creación, se debe buscar una de las causas principales de la crisis
moral de nuestros de días. En efecto, si el deber humano no se considera
ya anclado en el ser y por tanto en la sabiduría del creador, queda sólo
la alternativa que derive de la sabiduría humana. Pero entonces es obra
del hombre, sujeta al cambio del tiempo, modelable y manipulable; entonces los
"grupos de presión" que saben guiar la opinión de la
masa tienen perspectivas de éxito".